Excmo. Sr. Presidente de la Real Academia de Medicina y Cirugía de la Región de Murcia
Excmo. Sr. Alcalde-Presidente del Excmo. Ayuntamiento de Murcia y Académico de Honor de la Real Academia de Medicina y Cirugía de la Región de Murcia
Excmo. Sr. Consejero de Salud.
Ilmo. Sr. Secretario General de la Real Academia de Medicina y Cirugía de la Región de Murcia
Excmos. Presidentes de la Reales Academias de Legislación y Jurisprudencia y de Ciencias Veterinarias
Excmos. e Ilmos. Señores Académicos de la Real Academia de Medicina y Cirugía de la Región de Murcia
Excmas y Ilmas autoridades civiles y militares Amigos y compañeros
Señoras y señores.
Es para mí un honor, pero impregnado de un profundo pesar, haber sido designado por la Junta de Gobierno, para, en nombre de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Murcia, realizar la semblanza necrológica del Excmo. Sr. D. Federico Mayor Zaragoza, fallecido el pasado 19 de diciembre.
Una necrológica puede considerarse como una sesión contradictoria. Su razón de ser es la pérdida de una persona cercana y querida, es decir, su ausencia, y a su vez, el acto está colmado por su presencia, por su personalidad, por sus contribuciones, por el legado que nos deja. En el caso de D. Federico Mayor estos atributos son muy numerosos lo que dificulta mi labor de hacérselos llegar en un tiempo limitado.
En sesión conjunta celebrada en el paraninfo de la Facultad de Medicina el 14 de octubre de 1997 y copresidida por el Excmo. Sr. D.
Guzmán Ortuño Pacheco, fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Murcia y Académico de Honor de nuestra corporación. El discurso de contestación corrió a cargo del Excmo. Sr. D. José Antonio Lozano Teruel, quien destacó entre sus cualidades su sensibilidad, tesón, honestidad, inteligencia y brillantez, con una mirada clara y transparente.
La Academia tiene el compromiso y la obligación moral de recordar a quienes han llevado nuestra medalla y también dejar constancia de su personalidad y labor. Vaya por delante que ensalzar la figura del Profesor Mayor Zaragoza solo puede materializarse en una síntesis, una evocación de su trayectoria personal y profesional entre varias posibles, porque no es fácil encontrar parangón a una vida pública tan rica y fructífera como la suya entre las personalidades españolas del último medio siglo. En mi caso la tarea de invocar su trayectoria es inexcusablemente parcial por la cercanía y afecto que durante muchos años hemos mantenido.
En la figura de D. Federico Mayor se funde, de modo prodigioso, el científico, el profesor universitario, el escritor, el humanista y el político, en el más insigne sentido y de las más nobles causas, la de la cultura y la humanidad: el hombre comprometido con el hombre, esto es, con los más débiles, ignorantes y olvidados de la tierra. Lo proclaman a los cuatro vientos, con extraordinario realismo, algunos de sus versos que denuncian el dolorido y marginado mundo de los más pobres y oprimidos del planeta:
“Si de verdad / creemos / que son hermanos nuestros / no podemos descansar, / no podemos proclamar / que es irreversible. /
No podemos dejar / de restañar heridas abiertas / en el corazón del hombre, / y de la tierra, / y del mar / y del aire /
No podemos dejar / de procurar / que la palabra / se adelante / y venza, / al fin, a la espada / para siempre”.
Nació en Barcelona el 27 de enero de 1934, en el seno de una familia modesta. Con frecuencia hacía referencia a las tres personas
que contribuyeron decisivamente a modelar su personalidad y su trayectoria.
Su padre, D. Federico Mayor Domingo con una gran inteligencia y capacidad de trabajo y que participó activamente en el inicio de la primera empresa farmacéutica española, embrión de lo que posteriormente llegó a ser Antibióticos, SA, y que él mismo dirigió.
Su madre Juana, de quien recibió dos consejos que le acompañaron toda su vida y que muchas veces repetía. El primero que “la vida hay que vivirla intensamente; ya descansaremos cuando muramos”, la otra reflexión fue “si quieres ser feliz no debes aceptar nunca lo que te parezca inaceptable”.
Sin duda, fue su esposa Ángeles, por cierto, uno de los mejores expedientes que se han alcanzado en la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense, quien se convirtió en un sólido eslabón en sus éxitos personales y profesionales; supo cumplir con serenidad, elegancia, alegría y competencia, tres difíciles cometidos: ser esposa de investigador, compartiendo la aventura de la ciencia, con sus alegrías y sus fracasos; ser esposa de hombre público, con todos sus compromisos sociales y con una exquisita discreción y, sobre todo, ser madre de familia. El matrimonio tuvo tres hijos Federico, también catedrático de Bioquímica, Ángeles, enfermera y Pablo, abogado.
D. Federico bromeaba con su apellido. Comentaba que había nacido siendo “ya mayor”. Decía: “Aun siendo muy joven me acostumbré a ese saludo: “Buenos días señor Mayor, ‘¿Cómo está, señor Mayor? … Bromeaba, pero la verdad es que nos encontrábamos ante un alma grande, un alma “mayor”, que, además, lo llevaba en el apellido.
Se licenció en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid con Premio Extraordinario en 1956 y se doctoró en 1958, por la Universidad Complutense de Madrid con Premio Extraordinario.
D. Federico se especializó en Biología Molecular y fue un brillante investigador, discípulo de Severo Ochoa, compartiendo esta experiencia junto a Santiago Grisolía y Julio Rodríguez Villanueva.
Sobre la importancia que le atribuía al conocimiento científico, es oportuno recordar un episodio que le sucedió en sus comienzos como investigador. Durante su estancia en la Universidad de Oxford, en el laboratorio de bioquímica que dirigía el premio Nobel Hans Krebs, uno de los padres de la enzimología, se le quedó grabado en su memoria el adagio latino “sapere aude”, que figuraba como lema del Condado donde se ubica esta célebre Universidad y que significa “¡atrévete a saber!”, un propósito, una enérgica demanda, que, como es conocido, se atribuye a Horacio y que Kant convirtió en una suerte de seña de identidad de la Ilustración. D. Federico hizo suyo siempre este axioma y le hizo reflexionar al regresar, después de residir más de un año en la ciudad inglesa. Comentaba que, si atreverse a saber era muy importante, tal vez lo era aún más “saber atreverse”. Dicho con sus propias palabras, que “el riesgo sin conocimiento es peligroso pero el conocimiento sin riesgo es inútil”.
Su línea de investigación más importante fue la Bioquímica perinatal y dentro de ella la investigación de la patología molecular del neonato. Publicó en las revistas del más elevado índice de impacto en Bioquímica, Neuroquímica y Pediatría. Fruto de sus pioneros trabajos y de sus inquietudes fue en 1967 un plan para la detección precoz de anomalías genéticas y de enzimopatías, por aquel entonces denominado “Plan Nacional de Prevención de la Subnormalidad”. Estas investigaciones salvaron a miles de niños de padecer déficits intelectuales.
En 1963, siendo ya una de las personalidades preeminentes de su especialidad, el Profesor Mayor Zaragoza, con 29 años de edad, obtuvo la plaza de catedrático de Bioquímica de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Granada. Su ascensión meteórica, sin embargo, no se detuvo tras su llegada a la capital andaluza, ciudad con la que conectó de inmediato gracias a su personalidad arrolladora y su profundo amor por la cultura. Apenas pasaron cinco años y fue nombrado Rector de la Universidad de Granada, en mayo de 1968, un momento, fácil de recordar, por los hechos que tuvieron lugar en la vecina Francia. Tenía
34 años, lo que le convirtió en el Rector más joven del país en siglos de historia. Su etapa al frente de la Universidad de Granada destacó por su tendencia a ir más allá de los límites prefijados, con una perspectiva de trabajo expansiva y amplificadora, lo que colocó a esta universidad en puestos avanzados de la educación superior española.
En 1972 marchó a Madrid como catedrático en la Universidad Autónoma. El Prof. Mayor Zaragoza fue el artífice principal para la creación del Centro de Biología Molecular, Severo Ochoa, mediante un acuerdo entre el CSIC y la Universidad Autónoma de Madrid. Sigue siendo una de las instituciones más prestigiosas a nivel mundial en su especialidad. Fue su director entre 1974 y 1978 y Presidente científico de 1983 a 1987.
Fue en este período cuando D. Federico empezó a compaginar la educación superior con la política. Contaba que “la ciencia necesitaba estar cerca de los políticos y que los políticos necesitaban permanentemente el rigor de la ciencia”. Adquirió responsabilidades de Estado como Subsecretario de Educación y Ciencia y con la llegada de la democracia, el Profesor Mayor Zaragoza se convirtió en una de las figuras relevantes del momento, aceptando diversos puestos de responsabilidad como servidor público. Durante la Transición, en 1977 fue elegido diputado al encabezar las listas de UCD por la ciudad de Granada, fue en esa época cuando le conocí y, escuchando sus reflexiones, me cautivó su manera de entender la ciencia y las labores de servicio público a los ciudadanos. Años más tarde, comentó que “La Transición fue un éxito de audacia, de personajes que supieron jugar muy bien sus cartas”. D. Federico tuvo un papel relevante en aquel momento como consejero de presidencia de Adolfo Suárez entre 1977 y 1978. Luego entró en el Gobierno del Presidente Calvo Sotelo, como Ministro de Educación durante 1981 y 1982, dando continuidad, por cierto, a un antecedente familiar: su tío abuelo, Marcelino Domingo, que fue el primer Ministro de Instrucción Pública de la República. Tras el desmembramiento de UCD, Mayor Zaragoza fue elegido diputado al Parlamento Europeo por el Centro Democrático y Social.
Su mayor impronta de compromiso con la sociedad la tuvo en su actividad al frente de la UNESCO, primero como Director General adjunto y, después, como principal responsable de esta organización, desde 1987 hasta 1999. “Construir la paz en la mente de los hombres”, con estos términos identificó D. Federico la misión encomendada a la UNESCO. Insistía “Sí, la paz siempre, la cultura de la paz, la paz como valor conclusivo y concluyente de la convivencia, la paz como tarea”. Hoy, varias décadas después, cuando estamos inmersos en un escenario internacional incierto y la guerra está presente en varios escenarios y ha regresado a Europa, y sin que todavía se haya vuelto a hablar seriamente de paz en nuestro continente, es difícil evitar una cierta sensación de desconcierto y hasta de desánimo.
En 1993, Federico Mayor Zaragoza, creó el Comité Internacional de Bioética con un marcado carácter interdisciplinario y multicultural, al que encomendó el análisis de las cuestiones éticas relacionadas con la clonación humana, lo que condujo a la Declaración Universal del Genoma Humano, en la que se prohíbe la clonación humana a efectos reproductivos, y que fue aprobada por unanimidad en la Conferencia General de la UNESCO en 1997 y en la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1998.
Es de destacar también la Declaración sobre la Tolerancia (1995) y las contribuciones a la Cumbre de Río de Janeiro sobre medio ambiente (1992) y de Copenhague sobre Desarrollo Social (1995).
Bajo los auspicios de la UNESCO, en 1998 tuvo lugar en París la Conferencia Mundial sobre Educación Superior y en 1999, en Budapest, la Conferencia Mundial sobre la Ciencia. En 1991, encargó a una Comisión presidida por Jacques Delors un informe sobre La educación en el siglo XXI, que se convirtió, al publicarse en 1994, en uno de los más importantes textos de referencia.
El programa más relevante, resultado de su infatigable trabajo, fue el relativo a la “Cultura de Paz”. La Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas aprobó en 1999 la Declaración y Plan de Acción sobre una Cultura de Paz. Fue seguramente uno de los
logros más gratificantes de su vida. Con la Fundación para una Cultura de Paz, que presidió desde su constitución, en el año 2000, continuó la labor emprendida en la UNESCO de promover el tránsito desde una cultura de violencia e imposición a una cultura de paz y tolerancia.
Una vez que finalizó su mandato como Director General de la UNESCO, regresó a su cátedra en la Universidad Autónoma de Madrid (1999-2004). Presidió el European Research Council Expert Group y durante su prolija actividad científica y académica fue miembro de múltiples organizaciones, academias y asociaciones nacionales e internacionales. Recibió condecoraciones y distinciones de distintos países y fue nombrado doctor honoris causa por numerosas universidades, nacionales e internacionales, entre ellas de la Universidad de Murcia, como anteriormente he comentado.
Federico Mayor Zaragoza, creyó siempre en la eficacia de la buena voluntad de cuantos siguen confiando en las posibilidades del hombre, en tanto que sujeto activo de la historia. “Pero esta voluntad -afirmaba una y otra vez- no será real y efectivamente buena, si no se apoya en la inteligencia, la solidaridad y el trabajo bien hecho”.
Y esta convicción suya, que transmitía a quienes tuvimos la oportunidad de compartir tertulias con él, en su terraza sobre el Mar Mediterráneo en Salobreña o paseando por Almuñécar, la hizo realidad demostrando un talante inequívoco de creyente comprometido y de su entrega y amor al mundo. Siempre estuvo dispuesto a acudir a hablar de Paz. Como presidente de la Fundación Cultura de Paz le invité a unas Jornadas de Voluntariado en la Universidad de Murcia donde ante centenares de voluntarios de toda España proclamó que “La educación es la única manera para poder compartir mejor, eliminar las asimetrías que conducen a la pobreza, a la exclusión y a vivir en condiciones incompatibles con la dignidad humana, que son el foco de la inestabilidad y los flujos migratorios”.
El profesor Mayor Zaragoza, escribió libros y artículos de reflexión y pensamiento que rezuman un alto espíritu crítico, una clarividencia poco común, un profundo conocimiento de la realidad del mundo
contemporáneo y una extraordinaria capacidad para proponer soluciones sensatas a los múltiples retos y problemas que ahogan el desarrollo de los países menos favorecidos.
Para finalizar, les traslado una anécdota más de una persona infatigable y comprometida como él. El 20 de diciembre tenía que haber pronunciado el pregón de Navidad en la Concatedral de Guadalajara invitado por la Fundación Siglo Futuro. El 18 de diciembre, un día antes de su muerte, comunicó las dificultades que tenía para desplazarse a Guadalajara, pero como su deseo era superior a los obstáculos, preguntó si podía dirigir unas palabras on line al público reunido en el templo, lo que se descartó por las dificultades que conllevaba.
Hace diez años ya dejó escrito en uno de sus poemas cómo quería que fuese su último adiós:
“Cuando mi voz se apague, alzad la vuestra. Si me queréis, no desfallezcáis ni un sólo instante. No perdáis el tiempo en homenajes. Defended las causas que han dado vida a mi existencia. Que vuestro grito, se una a un gran clamor popular, en favor de todos los moradores de la Tierra. Mi legado es la palabra. Es lo único que os doy. Es lo único que os pido”.
Descanse en paz, profesor Mayor Zaragoza. He dicho.
Excmo. Sr. D. Eduardo Osuna Carrillo de Albornoz. Académico de Número. RAMCM

